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EDITORIAL (10-09-2018)

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El próximo 16 de septiembre, Alfredo Del Mazo cumplirá su primer año de gobierno, con una oportunidad única para dar un relanzamiento a su Administración que hasta el momento ha pasado inadvertida para los sectores político, económico y social del Estado de México. Afectado por un año electoral, donde los reflectores de la agenda pública se concentraron en la efervescencia nacional, ahora el gobernador de la entidad tendrá las condiciones naturales para erigirse como el priísta de mayor relevancia entre las élites del poder.

El pasado primero de julio, Del Mazo padeció los efectos de una profunda desaprobación al priísmo, y muy en particular al todavía presidente de México, su paisano y primo, Enrique Peña Nieto. Paradójicamente, la derrota del PRI y la próxima conclusión del mandato atlacomulquense, resulta ser el principal factor de ventaja para que Alfredo asuma un liderazgo entre los sectores de su partido, y se convierta el referente de los mexiquenses.

En los últimos seis años, tanto la clase política mexiquense como su toma de decisiones estuvieron sujetas al poder unipersonal que concentró Peña Nieto. En Los Pinos, incluso, se asumieron decisiones para la integración del gabinete del propio Eruviel Ávila, y mucha de su presencia pública siempre fue opacada por el primer priísta del país, y hasta ese momento, el jefe político de los priístas mexiquenses. Desde ahí, se decidió la candidatura de Alfredo Del Mazo a la gubernatura, y se operó lo suficiente para ganar una controvertida elección.

A partir del primero de diciembre, Del Mazo podrá tener un margen de maniobra que favorecerá a su grupo político y a su propio gobierno. Se trata de una condición por erigirse como el interlocutor con el próximo gobierno de López Obrador, a nombre del resto de los gobernadores priístas; y de la clase priísta más influyente de la última década.

Hasta ahora, la presencia mediática de Alfredo Del Mazo no ha trascendido en el espectro político. En resumen, su círculo cercano lo ha blindado en escenarios controlados, que le obstaculizan despuntar en sus discursos, en sus eventos públicos y en los temas que marcan la pauta. Su apuesta, por lo tanto, deberá avocarse en un gobernante más provocador, particularmente porque dentro de cuatro meses, se convertirá en el mandatario opositor de mayor influencia.

Pero no sólo se trata de alimentar una comunicación política que inunde las pantallas de televisión y que se apuntale con su presencia en los medios digitales. Del Mazo deberá marcar agenda pública, a partir de dos condiciones sustanciales: establecer un contrapeso político al sexenio lopezobradorista; y sentar un legado político al interior del Estado de México, que lo distinga en positivo respecto de sus antecesores, a través de políticas públicas tangibles.

Del Mazo tiene para lograrlo, el mayor presupuesto público de los estados y la clase política más experimentada del país. No obstante, ahí también se concentran sus mayores amenazas: ahí es donde la opinión pública ha identificado el mayor despilfarro del erario, de la que al final del sexenio, ha sido estigmatizada como la clase política más corrupta del país.

El primer año del gobierno delmacista, debe marcar un eje de evaluación para hacer los ajustes necesarios, no sólo en los nombres de quienes deberán ser removidos; sino en las estrategias de gobierno que no han funcionado y que a lo largo de doce meses le han representado un costo político.

Es momento de sacudirse los compromisos políticos que le representan negativos; y de asumir que la toma de decisiones ya no depende de factores externos o consecuencias nacionales. Ahora, su margen de maniobra sólo transitará en su escritorio, y los costos políticos que devengan serán directamente a su futuro político y el de su mandato.

 

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