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EDITORIAL (09-07-2018)

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Foto Archivo Agencia MVT

Luego del resultado electoral del pasado 1º de julio adverso al partido en el poder, quedaron atrás las constantes quejas, inconformidades y reclamos al proceso democrático que antecedió a los comicios. La conducta de partidos y candidatos apuntaría a que hemos alcanzado la adultez en la equidad, libertad, independencia y certeza de las elecciones, lo que es una absoluta falsedad.

Más allá de los resultados electorales que contagiaron de algarabía a la oleada morenista que arrasó en los comicios, y que ha silenciado a los sectores derrotados ante la incapacidad inmediata por reaccionar; es menester entender que la democracia es un asunto inacabado y perfectible, pues de manera permanente los gobiernos tienen debilidad por incidir en los procesos electorales, y porque partidos y candidatos juegan siempre en el borde de la legalidad.

El escenario donde el PRI lo ha perdido absolutamente todo, y cuyos niveles de participación favorecieron a la fuerza opositora de Morena, puede resultar un espejismo en las próximas elecciones. Sin prejuicios, los candidatos, los partidos y las elecciones han sido mediados por la relación clientelar existente entre los gobernantes y los electores. Y nada garantiza que la clase gobernante que se instalará en el poder público en los próximos meses renuncie a esta posibilidad.

Es momento de entender las cosas que funcionaron y aquellas acciones que atentan contra la toma de decisiones de los electores para enmendarlas.

Las acciones que se emprendan con el propósito de mejorar las condiciones de nuestra democracia deben encaminarse con una prospectiva de futuro, porque será imposible que los procesos electorales por venir dejen satisfechos con su desarrollo y sus resultados a todos en la próxima elección. Y por esa misma circunstancia, tampoco será deseable que vuelvan los fantasmas del fraude electoral, la caída del sistema o de una inequidad en la contienda, sin haberlo advertido de origen, porque las reglas siguen siendo permisivas.

No se trata de cazar mapaches o despertar a tigres. El reto de la democracia y las elecciones deberá concentrarse en una incentivar una participación genuina y copiosa, que no deba limitarse a estructuras corporativas o a expectativas ancladas a liderazgos determinados. La democracia debiera ser una participación constante, a partir de estímulos sociales por encima de dádivas electorales.

En síntesis, la satisfacción que ha dejado a muchos los resultados electorales no es sinónimo de una elección ejemplar. Por el contrario, es síntoma de un hartazgo hacia la sistemática coacción del voto, que tampoco es patente de algún partido o candidato. Y que ha prevalecido sin distinción partidista.

Lo cierto es que el éxito de los próximos procesos electorales no depende absolutamente de los órganos electorales y la activa participación social. El entramado de lo que pueda surgir, está en la toma de decisiones de la clase gobernante y su capacidad y voluntad para regular los procesos electorales; y de la actuación permanente de partidos y candidatos para respetar la legalidad.

En la medida en que la partidocracia se mantenga permisiva con las leyes electorales que rigen cada elección, darán señales claras de que prevalecerá el clientelismo y el corporativismo como las herramientas movilizadoras de nuestra democracia, sin importar la distinción de partido o ideología.

 

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