Distopías / Homofilias

Distopías / Homofilias

Tania Contreras

Era jueves por la noche y el timbre anunció el cambio de turno, o en su caso el cambio de área, tomó el recipiente para beber agua y casi arrastrando los pies comenzó a moverse con dirección a la siguiente estación de trabajo. El camino estaba delimitado por dos líneas, una roja y otra amarilla, las cuales  contaban con un sensor de movimiento que era activado en los cambios de turno; al menor cruce una alarma era encendida y todos debían esperar pecho tierra hasta terminar la revisión minuciosa que hacían los comisarios de seguridad. Este jueves no fue el caso y llegó hasta la zona de Supervisión sin problema alguno.
Supervisar era el trabajo que por norma se hacía siempre que los empleados doblaban turnos, de cierta forma era el menos peligroso y a diferencia de las fábricas comunes, los errores que ahí se cometían no eran realmente importantes, ya que sus clientes no escudriñaban en detalles pequeños, no al menos en el área infantil.
Los departamentos en los que se dividía la empresa semejaban a los de un centro comercial; damas, caballeros, niños, junior, mascotas y bebés. Martín llevaba años en “niños” y en vista de que las permutas estaban prohibidas, sus ganas por conservar su trabajo lo invitaron a no preguntar siquiera por la posibilidad de hacerlo.
Sin embargo, tenía dudas acerca del trabajo que se desarrollaba en aquel apartado, de vez en vez, cuando las compuertas se abrían y él se encontraba en el área de fumadores, estiraba el cuello para colar la vista y mirar las líneas de ensamblaje. Algo le decía que no tendría nada de diferente al trabajo que ya conocía pero su curiosidad derrumbaba todas respuestas lógicas que se creaba de camino al trabajo.
Al sonar de nueva cuenta el timbre, una banda mecanizada comenzó a avanzar, era hora de ponerse los lentes (los lentes eran grandes y muy oscuros, los dotaba la empresa antes de ingresar a cualquier empleado a sus filas) y unos guantes especiales que inhibían el tacto y mantenían la piel alejados de las sustancias con las que estaban cubiertos los productos. Martín se colocó los lentes, los guantes y se acercó a la barra para empezar su labor de supervisión, que consistía principalmente en palpar la superficie del producto ya ensamblado en totalidad.
Esta fábrica era una de las más demandadas entre la población pero difícilmente reclutaba trabajadores, lo común era que el trabajador ofreciera un servicio de 50 años para después ser exiliado; además de repetir la firma de confidencialidad que se hacía en el momento de contratación; cualquier ruptura a este contrato era causa suficiente para ser llevado a los tribunales, y ahí todos sabían que la muerte era la mejor opción.
Como es de imaginarse Martín vivía solo, en una casa que era dotada por la compañía, el transporte lo recogía ahí por las tarde y lo devolvía durante las ultimas horas de oscuridad, por las mañanas dormía y dibujaba un poco, para después alimentarse y prepararse para el trabajo.
Los días de descanso podía acceder al jardín uno, lugar en donde se encontraban aquellas personas que llevaban más de 10 años en el exilio. Ahí, él y los demás tenían la oportunidad de entrar a la bodega de la empresa y elegir uno de los productos de los que, según el perfil que habían reflejado en el examen de admisión, podian gozar.
Su descanso era regularmente los viernes, a excepción de cuando se acercaban fechas importantes como las festividades de Eros; cuando trabajaban sin descanso por casi un mes.
Uno de esos días de trabajo continuo, el cansancio provocó un error; los lentes de Martín no cerraron y en medio del horario de trabajo cayeron sobre la banda. Todo ocurrió con esa cadencia lenta de quién mira un desenlace aproximarse. Su cara se descompuso inmediatamente y comenzó a temblar; no podía creer lo que veía. Sobre las bandas, cientos de cuerpos de niños, bañados con una capa de algo parecido al aceite quemado, avanzaban mientras los empleados, aún con los lentes puestos, les revisaban todo el cuerpo, cuando alguna extremidad era más pequeña o sus genitales estaban malformados los retiraban de la banda y eran desechado en el suelo; otros se dedicaban a recolectar estos cuerpos.
Aún espantado y sin que nadie notase que no llevaba los lentes puestos, recordó lo que veía al trabajar; era una fábrica de ensamblaje de autos, podía jurarlo. Recogió los lentes y comenzó a comparar sus realidades, sin duda nada tenía que ver una con la otra. Fue entonces cuando hecho a correr al baño y comenzó a vomitar sin poder detenerse. No fue capaz de decir nada.
Al llegar a su casa, de madrugada, Martín miró una papeleta pegada en su puerta que hace tiempo estaba ahí y que nunca se tomó la molestia de leer; en ella se anunciaba el inicio de su exilio:
Recluso 259651, se le informa que el próximo 15 de mayo usted cumplirá con los 50 años de condena que se le fueron impuestos por el delito de depravación sexual en contra de un menor, por lo que el día 16 de mayo deberá presentarse en el jardín “J” con todas su pertenencias.
Se le recuerda que a partir de ese día usted no podrá ingresar a la fábrica y se le sumará un día a su periodo de recreación, quedando éste en dos días por semana, los cuales tendrá acceso a las bodegas 6G y 4F, en las cuales podrá seleccionar el “menor” que desee para su entretenimiento. Una vez utilizado conoce el procedimiento.
Se le recuerda que cualquier intento por abandonar este sitio será castigado conforme la tortura que se le fue impuesta en su ingreso a este lugar.
Martín comenzaba a entender, o mejor dicho recordar, las atrocidades que hizo para llegar a este lugar; sabía que su castigo no era del todo el encierro sino la creación de aquellos humanos para consumo propio. Sin embargo, nunca entendió porque la producción era masiva.

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